Son las 9:00 de la mañana y pega una brisa en el centro de Caracas. De esas que te ponen las manos frías bajo de un sol que se empieza a asomar. Las personas circulan apuradas y los negocios apenas empiezan a abrir. Mientras paso por la calle de la casa de Simón Bolívar veo a un señor que carga una lámina grande.

—     ¿Le pesa mucho?, le pregunto.

—     No para nada. Esto lo hago yo todos los días.

Pero José Torres arruga la cara mientras mueve las láminas color ocre que tapan la Sombrerería Tudela.  Este señor tiene 50 años trabajando en ese negocio y actualmente es el encargado de atenderlo; junto a otra persona que está dentro de la tienda y que ni se inmuta a subir la cabeza cuando entro al sitio.

—     Buenos días señor.

Ni saluda. El sujeto de cabellos canosos continua leyendo el periódico y parece casi una estatua a la que no le afecta nada de lo que pasa a su alrededor.

—     ¿En qué la puedo ayudar? (me pregunta José Torres)

—     Bueno vengo a conocer este sitio. Me llama la atención.

—     Ah que bueno que le gusta. Para acá ha venido mucha gente, a investigar sobre la sombrerería; pero muy pocos han comprado un sombrero.

—     ¿Y cuánto cuesta uno?

—     Los precios varían. Depende del que te guste están entre los 800bsF y 1.200bsF.

—     Ah pero es que no es un costo tan accesible…

—     Claro pero es que son sombreros de calidad. Los clientes que tengo son señores mayores que vienen para que se los arregle. Personas que todavía aprecian lo que es tener un buen sombrero.

En ese momento José abre una vitrina que está llena de polvo y saca lo que yo creo que es un sombrero pero que en realidad no lo es.

—     Esto es una copa. Es un molde donde se hacían los sombreros antes. Es de fieltro.

Mientras toco la copa José Torres me mira. No tiene mucho que hacer ya que no le llegan clientes. En la sombrerería sólo se escucha el sonido de lo que parecen ser unos ventiladores que se encuentran detrás de unas puertas color marrón.

—     ¿Y en la parte de atrás del negocio que tienen? (le digo mientras señalo con la cabeza el sitio de donde creo que viene el ruido extraño)

—     Para allá están un montón de cosas viejas. Eso no te lo muestro porque está lleno de polvo y es un desastre.

José Torres camina alrededor de la sombrerería y se traslada hacia una lámina gruesa gris de hierro que encima tiene una especie de escultura en forma de sombrero:

—     Mira en esta máquina se hacían antes los sombreros, cuando la gente los compraba.

—     ¿Y qué anécdotas recuerda usted de esta sombrerería?

—     Bueno yo entré aquí limpiando pisos. Y mucha gente importante vino a comprar aquí. Presidentes como Rafael Caldera y Luis Herrera Campins.

—     ¿Cuál es el sombrero más caro que tiene?

—     El de Borsalina que cuesta 1.200bsF (dice mientras me señala el estante de vidrio donde reposa el sombrero negro, perfectamente acomodado)

—     ¿Y cuál es el que más se llevaba la gente?

—     El de Pelo  de guama, por supuesto.

—     Usted añora esos días en que la gente venía a comprar los sombreros…

—     Claro. Además de que es mi sustento eran tiempos mejores, pero las generaciones van cambiando. Por eso te digo que mis clientes son señores mayores, que todavía disfrutan de usar un buen sombrero.

—     Bueno entonces voy a ver cada uno.

—     Véalos. (dice con una sonrisa)

Mientras empiezo a caminar por la sombrerería José Torres se asoma en la puerta y empieza a ver a la gente que pasa. De repente aparece una señora, que lleva un coche y se detiene por tres segundos a mirar los sombreros. Pero no se toma la molestia de entrar, pareciera no llevar prisa, y sin embargo continua su paso. Luego llega otro señor que saluda a José Torres y empieza a hablar con él: “Yo estoy caminando por aquí vale…. Verdad que este es tu negocio”. El señor tarda unos 15 minutos en hablar con Torres y se despide.

Tudela tiene sombreros de todo tipo. El de color negro, muy elegante. Otro color beige, blanco y los femeninos, color rosado y azul cielo. En una esquina se puede ver hasta el de mariachi, ese para mi es demasiado grande.

En el fondo de la sombrerería se encuentran las boinas. A mí siempre me han gustado, pero nunca me he comprado una. No me veo con una puesta pero me encantan.

—     ¿Qué chévere que tienen boinas? ¿Cuánto cuestan?

—     300 bsF (me dice José Torres que lleva como cinco minutos observándome mientras detallo los sombreros).

De repente veo el reloj. Son casi las 11:00 de la mañana y tengo otras cosas que hacer así que decido irme de la sombrería. El señor José pudiera estar molesto, porque fui otra de las cientos de personas que pasó por su negocio sin comprarle un sombrero. Sin embargo me sonríe, así que supongo que no lo está.

—     Hasta luego. Vuelva pronto.

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